Feminismo, hogar, machismo y amor
- por Carlos González
Llevo muchos días preparando este post, entre otras cosas, porque mucho me he entretenido para acabarlo; pero aquí va, y conste que lo corté, no por censura, si no por largura que ya llevaba.
Siempre digo y me encanta hacerlo, que soy un hombre feminista y, además soy cristiano evangélico, lo que es una religión (sí, religión, porque aunque digan lo contrario para inumerables cristianos esto no es fe o modo de vida, si no pura y simple religión) que es conocida por su alto grado de machismo. Terrible contradicción.
Hace unas semanas, vi en mi lector de RSS un post en el Blog de Keila Ochoa titulado: ¿Ama de casa o amando la casa?, donde dice de manera sencilla (pero no simple) que, básicamente, el amor a la familia es lo que hace al hogar y por tanto, no se debería ocupar el término ‘ama de’ que significa dueña, si no el ‘ama la’, mismo que representa entrega y, redundando, amor por el hogar. Unos días después, pude leer gracias a Facebook, 6 posts publicados por Karen Durán, a quien conocemos mi esposa y yo desde hace décadas, donde habló de lo que ella llama “la mujer mantenida“, lectura que me dio más material con el cual conversar.
Antes de que me repelen y me acusen de pleitero jarocho (porque ni soy pleitero, ni jarocho) aclaro y aviso preciso y conciso que este tema no va en contra de ambas autoras antes mencionadas ni viene a propósito de lo que ellas escriben. Este tema lo he tratado en varias ocasiones y no lo dejaré de tratar.
El tema y la opinión de Keila me parecen maravillosas y elegantemente correctas y Karen se manifiesta de acuerdo en el amar la casa, aunque defiende mucho la idea de ver a la mujer como la “hacedora” de espacios hogareños. Yo quisiera que fuera real la idea de Keila. Amar la casa es algo superior a laborar en ella o controlarla. Lamentablemente, eso es una realidad que se escapa al lado de la ficción o de los mitos urbanos. La amante de casa es algo tan escaso como un político honesto en fin de sexenio y peor aun, el hombre amante de casa es más escaso que una pulga sin un perro. Karen toma 6 post para decirnos lo que piensa de su vocación personal y su experiencia como amiga y amante de su casa, haciendo espacios y creando satisfacciones para su familia, pero vamos, es sólo el caso de Karen, yo creo que como una excepción lograda por muchos factores socio-culturales, porque en la observación de la realidad que me toca hacer cotidianamente en la sociedad en general veo otras cosas muy distintas.
En primer lugar, como hombre, pienso que debemos dejar de ser machistas de una buena vez. Bajarnos del caballo y subirnos al burro de planchar de vez en cuando, hacernos de amistad con la lavadora, hablarnos de tú con la aspiradora, saber menear la escoba con la misma resolución con la que meneamos otras cosas en el migitorio… hacer las labores de casa con la misma hombría que con la que surcamos nuestras aventuras laborales, porque estoy convencido de que vivimos en una generación de hombres apocados, prósperos y productivos, pero pequeños y estereotipados que consideramos un gran triunfo personal el cerrar un buen negocio y lo celebramos con carne asada los domingos, nos regalamos computadoras y a las esposas, damos lavadoras; somos la caricatura de la caricatura que eran Los Picapiedra.
Me gusta ser un hombre aventurero, y de hecho vivo en el filo del riesgo y la navaja día a día, tomando decisiones aventuradas y caminando en donde los hombres ‘maduros’ dejaron de pasearse hace mucho; pero parte de mi aventura es y ha sido quitarme lo macho. No siempre puedo, porque manejo un negocio propio (eso es parte del riesgo, todos dicen que estoy loco, que eso no se hace, que un cheque ‘seguro’ es mejor), pero he decidido correr la aventura de hacerlo desde casa para estar con mi familia y hacer más de lo que comúnmente se hace desde una oficina. Estoy inscrito en el curso de ser amante de casa desde hace varios años y soy un estudiante lento, pero aunque de panzazo, voy pasando el curso según me califican mis dos maestras, papel que juegan Akire y la Pádawan.
Mi atragantamiento de realidad pro-mujer viene a colación con el tema de Keila y se sobrecarga con el de Karen. Las amas de casa son la base de la sociedad pero también ejercen la profesión menos valorada del mundo. Lavan, plancha, cargan, recogen, tiran, se arriesgan… todo sin paga, sin promociones, sin ascensos, sin valoración de su trabajo. A veces sin la efímera pero sustanciosa vitamina de la gratitud verbal. Mi madre sabe de eso, porque gracias a ella se que en la madre (sin albur) se basa y constituye sin querer queriendo la sociedad de nuestra nación (la misma patria, es madre).
Por si me piden hechos, les cuento que el INEGI dice que la mujer dedica 64 horas de trabajo compartidas entre casa y labores económicamente productivas. El hombre sólo 57, en promedio, claro. ¿Han visto a alguna mujer soltera, con hijos, que no llegue a casa a hacer comida, revisar tareas, preparar uniformes, bañar chilpallates y pelearse con los cobradores? Aunque se apoyen con su familia, esas mujeres lidian por ganar un sueldo decente y, además por ser buenas madres y amas de casa. Los hombres que hacemos trabajos similares, generalizo, llegamos cansados a ver la tele y dormir con el control remoto en la mano. Muchas mujeres que trabajan por un sueldo fuera de casa, son casadas y de cualquier modo deben cumplir con esa idea de cuidar su casa y hacerla un espacio de confort ideal para todos los del nido.
No dudo que haya hombres que salgan a pasear los fines de semana con sus hijos y que les lleven al cine o hasta tengan sus vacaciones programadas, pero, como verán después, eso es algo muchas veces dispuesto por su nivel socio-económico.
La realidad nos dice que las mujeres que trabajan en casa sufren en su mayoría de lo que se conoce como ‘Síndrome de ama de casa‘, también conocido como ‘Síndrome de Cenicienta‘, es decir, una variante doméstica del Síndrome de Burn-out, desgaste por el trabajo no valorado.
Aterrizando y tratando de entender el cuadro completo, si tu sueño ha sido ser ama de casa por todos los días de tu vida, estoy de acuerdo con tu vocación. En ese caso, la simple actividad de limpiar la casa, preparar comida y, en pocas palabras, hacer lo que cualquier mujer hacía en los años 50′s y 60′s del siglo pasado debe ser ya en sí algo agradable y más si al final del día ves a tu esposo e hijos felices. Karen llama a eso, ser una mujer mantenida, tratando de redefinir la palabra y dándole un sentido más apegado a ‘protegida‘. Karen se ve a sí misma como una mujer que cuida a su familia, se da espacio para ella, puede pasar tiempo con su esposo y aún ir a tomar café con las amigas.
La cosa es que, eso es bueno para Karen, algunas otras y deseable para muchas mujeres que laboran en su casa, pero no es la realidad que se vive comúnmente ni es lo que todas las mujeres quieren; y mucho menos es algo claramente definido como la voluntad de Dios para todas las mujeres, ya que la voluntad de Dios nunca es tan general.
La verdad es que, sin ánimo ni espíritu ‘fregativo’ eso es algo que no puede ser realidad para el enorme número de mujeres que hay en Hispanoamérica, las cuales son verdaderas amas de casa desesperadas que no comparten el glamour, la buena ropa o elegantes casas con Eva Longoria, Terry Hatcher y demás señoras photoshopeadas de la serie de TV.
El problema particular que yo veo con el término “mujer mantenida” es que no estamos como para redefinir el idioma dándole un sentido personal a una palabra tan coloquialmente ofensiva. Una mantenida es la que no trabaja, una Nini, una mujer que ni trabaja en casa, ni fuera, ni hace nada de provecho, ni te puedes safar de ella porque te va como en feria. En Ruso, se diría ‘storbo’, según cuenta un chiste.
La ama de casa que veo todos los días, esa que la mayoría vemos, esa que cuentan las estadísticas, ella va toda chancluda a dejar a los hijos a la escuela, se estaciona en doble carril gritando como mono aullador, va al supermercado a comprar en los días de oferta porque hay que cuadrar el presupuesto otorgado (ya que no puede bursatilizar la quincena), hace tareas con esfuerzos hercúleos (de nuevo, sin albur), arregla los trámites de la casa y hace las labores domésticas dentro de ella. Es ama y esclava. La enorme mayoría de amas de casa -es decir que trabajan en ella, independientemente de que la amen o no y de que trabajan también fuera- padecen por la falta de valoración de su trabajo. Les cuesta estar a la altura de lo que se espera de ellas y no reciben compensación por su labor: ni vacaciones, ni seguro social, prima dental, ni fondo de retiro… porque, a demás, no se puede retirar o jubilar. La mayoría tiene que empeñar la dentadura de la abuela para poder salir de vacaciones en semana santa, y eso que sólo van a Oaxtepec un fin de semana con toda la familia a cuestas, o mejor dicho, la familia se lleva a las amas de casa de vacaciones para que los atiendan.
Por lo menos uno de estos síntomas pueden ser reconocidos en el ama de casa promedio, yo se que todos conocemos alguna que quepa en el cuadro:
- Sufren de alteraciones articulares: artritis, artrosis, lumbago, ciática. Están causados por exceso de carga y movimientos incorrectos
- Fatiga, cansancio y estrés. Como consecuencia de la acumulación de trabajo a determinadas horas
- Depresión (en una proporción mayor a otras que no son amas de casa)
- Accidentes domésticos
- Sobrepeso (por la tendencia a comer entre horas, falta de ejercicio físico regular, sedentarismo…)
- Ansiedad (temor a lo desconocido)
- Disminución del apetito sexual (como consecuencia del estrés, del cansancio y la rutina)
- Irritabilidad (por las continuas frustraciones en los horarios y en los objetivos)
- Cefaleas (por alteraciones físicas o por estrés y cansancio)
- Hipertensión arterial (causada por los estados de estrés y sobrepeso)
Si somos realistas, y redondeando números para no apegarnos a las cifras más exactas y dolorosas, sólo el 30% de las mujeres puede escapar de estas dolencias porque su rango social y económico les pinta para ser “de la alta”. Si el ‘hombre de la casa‘ gana al mes más de $2mil dólares él solo, libres de impuestos y sin muchos gastos, se puede pedir ayuda profesional, es decir de una sirvienta, aquellas obreras sin sindicato y sin protección social a las que ofendemos diciéndoles ‘Chachas’ o ‘Muchachas’. Así, alcanza el tiempo hasta para tejer chambritas sin esperar bebés. Si además, se puede llevar a los hijos a actividades pagadas extra escolares, el tiempo crece como la espuma y las madres muchas veces quedan mejor socialmente, porque son vistas como criaturas más humanas, algo así como Santa Teresa de Calcuta, pero con hijos, preocupadas por el desarrollo intelectual, espiritual, anímico y social de sus hijos. Con más lana en la cuenta de banco, chance hasta pueden darse el lujo de vestirse como Eva Longoria o parecerse incluso a las ‘chicas’ de ‘Sex and the City’. Y conste que no estoy hablando en contra de nadie o atacando a las castas sociales desde el jardín izquierdo del campo, porque tarde o temprano a todos nos toca batear y no porque de pronto jueguen en posiciones más cómodas significa que no sean parte del equipo.
Yo creo contundentemente que la casa es de dos. Casados es la palabra que tanto se define a manera de mantra en los cursos prematrimoniales, para luego decir con música angelical de fondo que “Dios pone a la mujer en casa y al hombre fuera de ella; uno para cuidar y otro para sustentar; para mantener órden ella y para proveer él”. Casados, en el valor real de Dios, es tener dos en la misma casa, y ya… no hay que tratar de torcer la botella si no es reciclable. Casados, significa ir parejo.
Al menos las sirvientas reciben de 100 a 200 dólares al mes por trabajar en lo mismo que las amas de casa hacen sin sueldo. Lamentablemente, una abrumadora mayoría de los países latinoamericanos cuentan con una población de casi el 60% en clase media y obrero-trabajadora, dejando un obsceno porcentaje de casi el 20-20 para dividirse entre los muy ricos y los muy pobres.
Por eso es que ahora, la mujer busca acabar con ese Síndrome de Cenicienta creciendo y desarrollándose fuera de casa, haciendo dinero en lugar de sólo gastarlo, obteniendo ascensos, siendo valorada por sus logros personales, por otros talentos más allá del coser, bordar, cocinar y conversar, como se educaba a las mujeres en la mayor parte de los siglos XIX y XX. Muchos piensan que la mujer sale a trabajar sólo para emparejarse con el hombre o hacer cosas que ellos hacen; pero eso, si alguna vez sucedió, ya no es así, ya es algo más práctico. Dos sueldos pueden pagar un auto, colegiaturas, libros, clases de inglés para los hijos, una mejor y más nueva ropa, TV por cable y algunas salidas al cine de vez en cuando. Osea, si mi libro de Baldor no se equivoca, 2 quincenas pagan más cosas que una sola.
Es bíblico. En génesis 2:18 Dios dijo “no es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (NIV), o ‘ayuda idónea‘, lo cual, si no me equivoco procede de las palabras ezer k’negdo; siendo ezer un término aplicado a Dios como ayudador (Salmo 30:10, Salmo 54:4, Salmo 118:7) y k’negdo la unión de dos términos que representarían igualdad y sentido de oposición. Es entonces ‘ayuda idonea’ no un término de subordinación o de género: es el término que se aplicaría a un sostén firme (Akire dice que podría ser un brassiere… y se ríe la malvada), a la altura de lo que sostiene (puede ser que sí lo sea entonces), poseedor de una fuerza mayor e incluso en un sentido de diversidad.
Es decir, que al establecer Dios una unión entre hombre y mujer estaba estableciendo una unión en igualdad de condiciones, en coresponsabilidad, respetando las diferencias de ambos y con igualdad y equidad en derechos, libertades y metas. Y claro, no necesariamente de funciones, porque eso de la menstruación como que no se me da muy bien, ni tampoco el usar brassiere, de que somos diferentes, eso que ni que, pero no por ello también dejamos de ser iguales. Esa es la magia, el misterio, la maravilla del matrimonio. Es más, ¿no dice la biblia también que dos reciben mejor paga por su salario?
Con respecto al ensayo de Karen, mismo que sí me gustó mucho en general porque es algo aplicable a ella, lo que no me gusta ni aceptaré jamás es el uso de la palabra ‘mantenida’, porque no deja de tener su significado universal; es como tratar de decir que ‘político’ significa honesto (aunque algunos pocos políticos lo son, pero la palabra en sí ya hasta suena feo); sin embargo defiendo el hecho y la decisión de que algunas muy contadas mujeres quieran actualmente, y puedan, dedicarse a su casa como única opción laboral, por vocación y amor. Sin embargo, prefiero y defiendo la decisión de la mujer de ir a aventurarse fuera de casa para ser ayudadora. Incluso eso se y he visto vez tras vez en muchas mujeres, que no elimina el amor por su hogar que les impulsa a mover el mundo con sus manos callosas y desnudas para dar lo mejor a su familia; esto creo que es más bíblico, más pleno, más de mujer. Y más moderno, lo cual no es malo, porque mucho de lo moderno se ha ganado con siglos de desarrollo, sacrificios y dolor de mártires. Lo moderno no sólo es fruto de la descomposición social, aunque los tele evangelistas digan lo contrario.
Eso sí, defiendo más el hecho de que el hombre comparta las actividades en casa, como comenté a Keila. Lo mejor es que ambos amemos nuestra casa y laboremos en ella tanto como se pueda y en proporciones equitativas. Cierto, ser ama de casa profesionalmente y de tiempo completo no es para todas las mujeres. De hecho, estoy convencido de que es para muy pocas. Ser amantes de casa es obligación de todos, de la pareja por igual. Al fin y al cabo es su derecho decidir, es su libertad, no obligación de nadie. Si ella decide trabajar dentro o fuera de casa, donando su trabajo o recibiendo una paga, que lo haga, pero que estén de acuerdo y felices. Eso es estar casados, eso es diversidad, eso es ayudarse idóneamente.




