No llames fatuo a tu hermano, llámalo wey

 - by Carlos González

Lo acepto, es un título provocador. En México hay un conflicto aun hoy en día con nuestra manera de hablar, lo noto más desde que vivo en Veracruz. Cuando viví en México D.F. hasta finales del siglo pasado, nuestra manera de hablar como cristianos era “sin maldiciones”, así lo aprendimos y a la fecha es así aun… pero hemos aprendido más acerca de lo que son las maldiciones y las formas vulgares y groseras de hablar. Mateo 5:22 advierte del infierno que se merece el que diga “fatuo” al prójimo, necio, para fines prácticos. La cita incluso nos advierte acerca de enojarnos. El contexto no es el de una simple conversación o una manera de llevarse o molestarse, si no el de la ira asesina, la que busca hacer daño a otros, la venganza criminal y el odio pernicioso. Dicho así, cualquier palabra como “necio” o estar enojado es como si matáramos a alguien. Claro que una cosa es leer dentro del contexto y otra es literalizar fuera del contexto.

Hace tiempo que quería escribir de esto y no quiero hacerlo de manera larga, pero tampoco ligera. Sólo quiero decir que los tiempos han cambiado. Si en los 70´s decías “menso” a alguien, era la peor ofensa. Claro que siempre hubo palabras altisonantes, pero si en la escuela decías tonto, menso, tarado, feo, bruja, o algo así de ofensivo, terminabas en la dirección castigado con gran pesar de manera ejemplar.

Ahora, los tiempos son otros, más permisivos, las cosas malas dejaron de serlo en apariencia y algunas son buenas incluso a los ojos relajados de los amantes del ego y del pecado. Entropía y decadencia las 24 horas del día, los 7 días de la semana, los 365 días del año. Al menos eso es lo que dicen los más ortodoxos y fundamentalistas.

Sin embargo, también debemos entender que no todo es así. A veces, el mundo debe de permitir que ciertas cosas cambien, para que mejoren, se relajen, se modernicen y evolucionen. Eso incluye al lenguaje, la ropa, los medios y las bases sociales.

Nuestra manera de hablar en siglos cambió, en lenguaje y en términos. De varias palabras griegas para “amor” a una sola, a la adaptación de otras para sentimientos relacionados. Usos, ortografía, redacción y gramática. El lenguaje es algo vivo y por tanto, muta.

Lo que no cambia es el corazón humano, que siempre es afecto a la egomanía y al desorden. Toda la creación tiende a la destrucción, consecuencia de nuestro pecado, al haber muerto en desobediencia durante el Génesis. Por eso vemos al mundo lleno de vicios, tentaciones absurdas y las correspondientes caídas.

Por otro lado, como somos seres egomaniacos por naturaleza, al triunfar ante tentaciones o no interesarnos en las más públicas, cedemos a la veneración de nuestro éxito y nos usamos de ejemplo. Entonces vienen los fariseos y demás entes condenatorios, limpios por fuera y sucios por dentro.

Volviendo al lenguaje, una sociedad puritana señala que si la Biblia nos impide decir “fatuo”, entonces no podemos decir nada que proceda de una lengua sucia. Ciertamente hay personas que sólo hablan con groserías, que en cada instante ofenden y molestan con su lenguaje. Hay personas que hablan siempre con dobles sentidos, con la intensión de hacer escarnio de los que no entienden sus chistes sexuales escondidos en palabras comunes. Eso no está en discusión. Tampoco está en discusión que debemos de hablar y pensar siempre de manera espiritual como cristianos.

Sin embargo, ¿qué es lo que dota a la lengua y sus palabras de significado? Según los lingüistas, es la sociedad misma. Su cultura, sus raíces y su geografía incluso.

Si no te es cómodo leer o escuchar groserías, te recomiendo no leer más, si no hay problema por aprender y discutir algo nuevo, puedes seguir leyendo cómodamente.

Por ejemplo, la palabra pendejo es muy usada para describir a una persona despistada que no tiene idea de nada, un pobre tonto, sin embargo su significado regular debería ser el de un bello púbico, quizá por eso se comenzó a usar de manera ofensiva. Es como decirle a alguien “cabeza de chorlito” sin que suene a caricatura de la Warner Brothers, pero significa literalmente lo mismo. ¿Qué significa vaina? A mi me recuerda a los frutos verdes que brotan en tallos abiertos, pero si eres de España quizá no te suene a algo lindo. Si en un pueblo de México le ofreces a alguien una concha con cajeta seguramente te pedirán dos y una con nata, café y una buena charla; pero si eres de Sudamérica, además de enrojecerte, pensarás que estás en medio de una asquerosa conversación fetichista entre sexual y escatológica. Si me encuentro una nota bajo mi puerta que me diga “Carlos, eres un gilipollas” me dará risa y sin entender de qué se trata se la pasaré a mi hija a ver si ella me explica, y puede que tampoco entienda, así que la descartaré sin ofenderme ni nada. Si fuera español busco al que me halla dejado la nota esa para preguntar por qué me ofende así.

Un día, en México se comenzó a usar sin más la palabra buey, para definir a una persona cualquiera. hasta esa fecha, buey se usaba para lo mismo que pendejo, porque el buey es una bestia de carga y tiro que no tiene inteligencia. “Es un tonto, que buey es”, se decía. Pero en los medios, desde los 80′s se comenzó a relajar el lenguaje. En la radio ya se le decía menso a alguien y los padres se espantaban y nos advertían de no escuchar esas estaciones que hablaban sin respeto por su audiencia. El lenguaje dio una vuelta a la tuerca del idioma en México y muchas palabras que hasta entonces no se usaban se comenzaron a disfrazar y a veces a usar sin reparo en los puritanismos.

Buey cambió a wey, por la escasa y a veces nula ortografía del mexicano en general. Al disfrazar palabras o frases cambió el “a huevo” (significa “claro” o “por supuesto”) por “Abuelita“; ¿Qué pedo? por ¿qué pex?; “Cabrón” por “cañón” e incluso en este caso, cambió la aplicación, porque ya no se usa para ofender a alguien, si no como recurso de medida: “Está cañón” (complicado, grande, difícil o muy agradable).

Cuando surgieron programas como “Otro rollo” o “Big brother”, el lenguaje soez no se pudo disfrazar con bips electrónicos, porque se dio en vivo y por descuido del conductor o hábito de los enclaustrados en la casa del juego. Entonces nos dimos cuenta de que ya no representaba vulgaridad, bajo un estándar de vida, casta social o finura. El lenguaje oficialmente se ve evolucionado a lo largo de tres décadas y entra a un nuevo siglo no sólo con vocablos nuevos como “googlear”, o “chatear”, si no con palabras que antes eran usadas para ofender aplicadas modesta y amigablemente a las personas que se aman y respetan.

Ya es inclusive muy común escuchar en la iglesia frases como “Dios te bendiga wey“, “la reunión se puso cañón, muy chida de veras“, o “¿Qué pex pastor, en qué puedo ayudarle?

¿Es que acaso la corrupción nos ha alcanzado como iglesia y hemos caído ante nuestras propias concupisencias? Concupisencia no es grosería, por cierto.

No, lo que sucede es que la gente ha buscado cambiar su corazón en Cristo y creo, no hago doctrina de esto, pero pienso que a Cristo no ha interesado cambiarle las palabras a la sociedad actual. Sobre todo porque la iglesia está infestada de personas que piensan que decir bendiciones ya los hace cristianos, aunque esas bendiciones se digan con mala intensión, chismes, críticas e ideas falsas.

Los judíos en el siglo I oraban dando gracias por no ser pecadores, gentiles o mujeres. Esas oraciones, a pesar de no ser dichas con lenguaje grosero eran seguramente rechazadas por Dios, que ama a las mujeres, a los pecadores y a los gentiles; que nos busca para justificarnos. Orar así sí es una grosería.

Si Dios te guía a cambiar tu lenguaje debes hacerlo, pero no juzgues a quien no se detiene para llamar wey a su mejor amigo. No estoy diciendo que como no significa nada malo para él, entonces no es malo. Lo que estoy diciendo es que no tenemos manera literal de ver cuales sí son palabras ofensivas según la lista de Dios y por tanto, debemos dejarnos llevar por la conciencia y lo que Dios nos enseñe. Perdonen mi sinceridad, pero aunque yo no use esas palabras, no creo que está mal que en ciertas condiciones y con cierta intensión de corazón algunas personas las usen.

Muchos escritores e intelectuales dicen y dirán que el lenguaje no depende del orden de letras y no depende de que se dice, si no de cómo se dice.

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