Temor y temblor: El terremoto de 1985
By Carlos González on Sep 19, 2008 in Poder en Linea, Videos
Los que vivimos en la Ciudad de México durante 1985 recordamos con cierta dificultad, a veces con alivio, en ocasiones con miedo y muchas más con tristeza, la amarga experiencia, dolorosa y lúgubre de un día jueves seminublado que iniciaba fértil y vigoroso como cualquier otro, cercano al fin de semana, después de las fiestas patrias, previo y a menos de un año del mundial de fútbol, saturado de todas esas cosas que muchas veces ya no recordamos porque quedaron sepultadas a las 7:19 horas del jueves 19 de septiembre.
Yo caminé con mi hermano Hector, como todos los días, los dos kilómetros que nos separaban de nuestra escuela (no hay escuela suficientemente lejana, todas, como sea, te atrapan tarde o temprano). Los charcos nos rodeaban porque la noche anterior había llovido. A sólo dos calles debíamos cruzar un puente peatonal, mi temor a la altura siempre me hacía pasar justo por el centro (gracias a Dios ese temor ya no existe) y aun así, recuerdo que le dije a mi hermano, justo por en medio de la estructura: “Presiento que hoy va a ser un buen día”.
De algún modo sí lo fue. Aunque 20 minutos más tarde creí sentir un mareo y después pude conocer las puertas del infierno, no nos sucedió nada, permanecimos vivos y juntos.
Sentado con dos de mis amigos (mis únicos amigos) en la escalera del plantel, todos nos quedamos quietos a las 7:19 de la mañana. Alcancé a reirme y dije “es un temblor, ahorita se pasa”. De la nada y en lo que terminaba de hablar sentimos como si una bomba hubiera caido. Del techo se desprendieron fragmentos y podría jurar que la escalera se movió. Alcancé a ver menos de un segundo antes de correr, que el piso explotaba, la puerta de la biblioteca se doblaba, los cristales de las aulas estallaban arrojando sus fragmentos a los estudiantes; dentro, los mesabancos saltaban como niños en un brincolino y un pesado escritorio de metal se movía por el salón como barco de papel en un arroyo.
La razón me abandonó. Antes de correr al patio vi cómo un compañero de 3° A corrió para sacar al hijo de la conserje en brazos de uno de los salones de taller, el de cocina, donde desayunaban informalmente las maestras cada mañana. Alumno, con niño en brazos y maestras regordetas corrieron al centro del patio y yo los seguí.
Allí, “a salvo”, nos reunimos todos los alumnos. Olvidé a mi hermano. Un alumno desconocido luchaba por mantenerse de pie y entonces me di cuenta de que yo tampoco podía coordinar mis pasos. Mi lucha por permanecer erguido terminó cuando alcanzamos todos en medio de una única expresión vocal a decir “ah”, mientras el asta bandera de hierro, de tres pisos de alto se soltaba del muro donde estaba fijada, quedando sólo sujeta por un arillo de metal por su base al muro endeble que crujía y soltaba fragmentos cada vez más grandes. Eso nos obligó a juntar nuestros hombros al centro del patio.
El edificio que sostenía al asta crujió mientras iba perdiendo decímetro a decímetro algo de altura. Otro grito nos volvió a alertar mientras la barda trasera se deshacía en una onda, como fichas de dominó aplastando a algunos de los alumnos. ¿Sabes que es lo genial del miedo? Que a esas alturas no sentías nada, ni el miedo mismo. Uno de los conserjes permanecía en el tercer piso, sostenido de un frágil barandal esperando que ni el ni el edificio se vinieran abajo.
Rodeados por dos edificios, uno de tres pisos y otro de 5, sin puertas de acceso descubiertas, con una barda derrumbada que había atrapado a algunos compañeros, gritos, llantos y caidas… en ese momento no sabes ni cual es tu nombre o cómo llegaste allí. Sencillamente no hay razón, quieres despertar, o morir, pero que sea lo más pronto posible.
El terror comenzó después. Nadie podía poner orden. ¿Dónde estaba mi hermano? ¿Cayó la barda sobre él? ¿Cómo saldremos de la escuela si hay que pasar por debajo del edificio que está a punto de venirse abajo? ¿Porqué no paraba el maldito temblor? ¿Dónde están mis padres? ¿Los espero o me regreso a mi casa?
Cuando pudimos hallarnos, mi hermano y yo salimos del plantel de nuestra escuela, caminando y en una nube de estupor que no puedo describir.
El concreto estaba separado de las banquetas con espacios de hasta 5 cm. Cuarteaduras por todos lados, aceras deformadas con crestas por todas partes, un automóvil volteado, cables eléctricos caidos, ni un sólo teléfono público útil y cuando hallamos uno, el de nuestra casa sonaba ocupado. Bardas deribadas, semáforos apagados, patrullas circulando a toda velocidad… ambulancias… después calles vacías y ahora más nubes y un frío estremecedor.
Llegamos a casa entre llantos, miedo y más gritos de nuestros vecinos. Mi padre no estaba porque tomando el auto del vecino había ido a buscarnos, desde luego, sin hallarnos. Dolor y tristeza, algunas paredes fracturadas, pero no los postes y dinteles de la casa. Reunidos los cinco, mis dos hermanos, mis padres y yo, lloramos y reímos.
Corrí por mi radio de bolsillo, lo encendí en la XEW y escuchamos el estado del caos a manera de consuelos desordenados: “La familia Domínguez de la Peralvillo, está bien. La familia González de la Roma, está bien. La señora Juana de Hernández pide a su esposo que se comunique. La familia Villegas de la Agrícola Oriental está bien…”
Minutos más tarde, Jacobo Zabludovsky recorría las calles con su teléfono móvil, en el auto, como era entonces dándonos cuenta de los daños en el Hotel Regis, el Hospital General y el multifamiliar Juárez. Impávido, profesional y sin expresiones amarillistas recorría calle por calle dando el micrófono a personas comunes que se vestían de héroes y héroes que lloraban por no tener suficientes manos y recursos para salvar la vida de uno más, ese que gritaba, que clamaba debajo de toneladas de escombros y con sólo minutos de aire limpio; retratando el dolor del dueño del restaurante “Superleche”, en el Eje Central, frente a la churrería “El Moro”, quien lloraba la pérdida de su familia, su casa y su negocio, todo de una vez, no mostró ni una lágrima. Sin embargo, en Chapultepec 18, lágrimas y desconsuelo no pudieron refrenarse y salieron de la boca del comunicador: “mi casa de trabajo, donde he pasado más tiempo que en mi propia casa está destruida”.
¿Es que alguno de esa época quedó sin ser tocado, trastocado, transformado por los hechos? Más allá de los bebés que sobrevivieron a la caída del hospital donde nacieron, o los damnificados que incluso a la fecha no han sido restituidos de lo que perdieron, o el movimiento social que se gestó ante la inutilidad del gobierno de entonces, lo que nos quedó fue una herida y ahora una cicatriz que no puede dejar de ser vista.
Quienes hoy nacieron y viven a la sombra de esos tiempos y no conocen lo que es un terremoto no tienen idea de lo que es ver a la vida derrumbarse y ser transformada de golpe, en tres minutos.
Lo malo, es que las condiciones están dadas para que la tragedia se repita, para que otro terremoto aparezca y ¿qué harás ese día? ¿Sabes qué hacer y cómo comportarte? Quizá sí, tal vez este pueda ser el mejor día de tu vida, pero, como entonces pasó para tantos… ¿y si no fuera así?



Me impactó mucho el video, la sensación de horror, de pánico no la había podido sentir igual con alguno de los terremotos, varios de ellos que han ocurrido acá en Chile. Pero las medidas para evitar tragedias en un terremoto se toman ahora, cuando no pasa nada. Desde el Estado que dicta normas de construcción adecuadas para las condiciones geológicas de las ciudades hasta lo que deben hacer los niños en la escuela cuando el piso se les mueve.
Siguiendo lo que decís en tu último párrafo, es importante sentarse a la mesa un día y preguntarnos como familia qué vamos a hacer si estamos en el trabajo/escuela y pasa algo así. También tener preparados los implementos caseros para un evento así, como una linterna (nunca velas) con pilas nuevas, una radio, etc.
Espero que en México la construcción haya mejorado sustantivamente desde entonces, por darte un ejemplo, en Chile hubo un terremoto el 2007 en Tocopilla de 7.7 richter y lamentamos la muerte de 2 personas, pero en el terremoto de Perú el mismo año y con un movimiento de 7.8 (casi igual) murieron 595 personas. ¿A qué quiero llegar con esto? A lo mismo que decía más arriba, cuando la gente sabe qué hacer y cuando la sociedad en su conjunto se preocupa del tema (y no es un tema de recursos economicos totalmente) se pueden evitar muchos de estos problemas, como justamente lo que pasó en México el 85. Si estamos preparados, no tiene por qué haber tantas victimas fatales.
ffuentes | Sep 23, 2008 | Responer
Hermano, muchas gracias por compartir tu experiencia, y al mismo tiempo ayudarme a recordar la fragilidad de la vida.
Yo tambien viví ese terremoto, aunque solo tenía 5 años de vida.
Me has ayudado a recordar lo que Dios me enseñó ese día. DTB.
Emmanuel Castillo | Oct 1, 2008 | Responer